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Artículos

Selección de artículos publicados por David Ferrer

Club Diógenes

Artículos en El Diario de Ávila

Desde el año 2013 mantengo una columna en El Diario de Ávila con el título Club DIógenes. Pueden leerse todos los artículos en el enlace externo inferior

Mobirise

No hay sangre para tanta herida

Una reflexión sobre la poesía reciente (2018)

Mobirise

El viaje a La Nava

Un pequeño texto sobre Gil de Biedma y La Nava de la Asunción

Mobirise

CROMADOS Y PLATA

BLOG donde se recoge algunos de los artículos publicados en prensa.

Mobirise

Un artículo sobre Jiménez Lozano

En memoria del escritor recientemente fallecido

No hay sangre para tanta herida

Sobrevivir a la poesía cuando la poesía inunda el mercado.
David Ferrer

Levante la mano quien no haya escrito un mal verso. Hasta Neruda o Alberti los escribieron fáciles y malos. Pero otros buenos o aceptables. Cualquiera sabe construir una metáfora. Puede parecer una generalización pero, tras tantos años ya como lector y, en menor medida, como miembro en primera línea de un jurado poético o como simple selector en la sombra de otros certámenes, uno se da cuenta de que escribir poemas es fácil, demasiado fácil. La novedad radica, sin embargo, en que publicarlos es ahora mismo igualmente rápido, indoloro y barato. En un clásico ensayo, George Lakoff afirmaba que “muchas de nuestras actividades son de naturaleza metafórica”, así que no ha de sorprendernos que unas nuevas generaciones, letraheridas o no, con amplio o escaso bagaje literario, con apreciación por el canon (o no), salten a la palestra (otra metáfora tópica). Si, por tanto, unos jovencísimos poetas (o no) revientan a dentelladas el mercado, ante el aplauso generacional o el estupor de los antiguos, no puede permanecerse indiferente. Y este éxito a alguien le duele. Porque, como sabía bien Susan Sontag, la herida es la mejor y más verdadera de las metáforas.

 Pero vayamos por partes, sin hacer sangre y sin caer en el latiguillo cómico y manido que nos evoca el asesino destripador. En enero de 2016, los medios nacionales se hacían amplísimo eco de que una chica de 15 años, Amanda San Román Sastre, había ganado el Premio Gil de Biedma de poesía, el que convoca el Ayuntamiento de Nava de la Asunción. He sido representante de tal certamen durante unos cuantos años, tratando por una parte de homenajear al más popular de los poetas del 50, justo en el pueblo segoviano donde veraneó y donde está enterrado. Pero, sobre todo, aspira uno a tratar de actuar como un lector de poesía desbrozando entre tamaña maleza los ripios de los oportunistas de premios y las tendencias que se abren paso en cada convocatoria. Así, entre sonetos forzados, prosas transmutadas en verso y auténticos profesionales de los concursos literarios, llegó la voz sorprendente de quien luego resultó ser una quinceañera. En 2018 ha sido Pedro Maestre, otrora estrella juvenil de la novela sucia, quien decidió probar suerte en la poesía y logró a sus casi cincuenta años sorprender a este jurado con un poema pleno de connotaciones tecnológicas y de redes sociales.

 Entre tanto, entre este ir y venir de premios y lecturas, lo que pareció anecdótico y carne de titular, ha devenido en herida sangrante y aún no supurada. Que unos párvulos o unos advenedizos revienten el establishment poético más allá de la típica estructura de los premios amañados y que comiencen a ganar dinero y a tener lectores, no se perdona. No lo perdonan los poetas de cuarenta, cincuenta o sesenta años, ni los editores tradicionales, ni los críticos ni los lectores de la poesía de siempre que, en un círculo vicioso, vienen a ser todos lo mismo. Por ello, no es de extrañar que a la joven Amanda, letraherida y lectora, se le abalanzaran como buitres algunas de las mejores editoriales del país pidiéndole un libro de poemas. Aunque no de versos exquisitos y medidos, como los del premio, sino de versos como los que exige la concurrencia: es decir, que tuvieran sangre, lágrimas, semen y purpurina. Tampoco es de extrañar que a los premios, exceptuando estos casos referidos, se presente lo que se presenta y que exista una mafia organizada, así como un perfil de poeta profesional que sabe qué escribir y en qué lugar le van a dar un premio. Pero, volviendo al reino de las metáforas, diremos que mercado y premios, poesía oficial y literatura comercial, eran dos carreteras muy separadas que nunca se cruzaban, hasta que lo han hecho, como ahora, y, de nuevo, la herida sangra. 

 La escena es en 2015 en la librería de El Corte Inglés de Goya. Es un enclave inmejorable para ejercer de voyeur literario y conocer de primera mano lo que compra y consume el lector en su sentido más amplio. Cualquier lector. Sin necesidad de etiquetas. Entran tres adolescentes y preguntan por el libro de un tal Marwan. Para mí desconocido tanto en la música como en el verso, descubro en ese momento a este señor que triunfa de manera rápida en un determinado público y que presenta sus versos en la contracubierta como autor de “una autopsia emocional”. De nuevo las metáforas hematológicas nos circundan. Como lector y como profesor, no puede uno apartarse a un lado ni maldecir lo que una chiquillería compra o consume. ¿Acaso no hemos pasado todos por la obnubilación teenager? Han pasado tres años de aquello y la exigua estantería de poesía de ese Corte Inglés, como Fnac o pequeñas librerías, se ha ampliado a límites inimaginables en una sucesión de éxitos poéticos, de vistosas cubiertas y fajas laudatorias, donde se mezclan las heridas, la tristeza y un jodido entusiasmo por volver a verte y follarte como entonces. Y no exagero. Cada semana, editoriales clásicas como Espasa y otras nuevas creadas a tal efecto nos presentan a estos nuevos escritores que van arrinconando en los anaqueles a esa poesía de solera, de igual modo que la ginebra premium desplazó sin vuelta atrás las botellas de Soberano.
Tú volverás a mirarte en el espejo / mientras alguien te lame mi herida”. Hasta que Elvira Sastre no desembarcó en Visor, no fueron muchos los que se tomaron en serio esta autopista por la que iban circulando a toda velocidad unos nuevos poetas. Es la misma ruta o desvío alternativo que ha tomado la bella instagrammer Loreto Sesma con un polémico premio justo después de que publicara su multiventas Amor revólver donde ahondaba en la metáfora-herida: “¿Acaso la herida se cura con mas sangre?” O una jovencísima Idoia Fradejas, nacida en 1997, fichaje de Valparaíso, quien en el dolor recuerda que “la tinta de esas cartas que recibo / es la sangre que corre por mis venas”. Podríamos tomar muchos ejemplos. Los hay: unos más líricos y rematados poéticamente, otros de un prosaísmo sucio, rápido y desvergonzado. Hablo de gente a la que no conozco pero que mis alumnos devoran y que se llaman Ojeda, Defreds, Irene X, Miguel Gane o una tal srta Bebi. No hace falta tener todos sus libros pues, como digo, es fácil acceder a ellos y verlos citados en las historias de Instagram o los estados de Whatsapp. Sorprende, sin embargo, que frente a la afortunada libertad y comodidad vital que vive esa generación (cantautores o poetas que van desde los 20 hasta los 30 años, que son consumidos desde los 15 hasta los mismos 30, más o menos), su paradoja radica en que todos sus poemas se llenan de metáforas, símiles y toda suerte de hipérboles que apelan a la sangre, las heridas y el desgarro. Una coctelera de sentimientos desbordados. Una carnicería que no deberían desaprovechar las hermandades de donantes de sangre. Y mientras unos lloran de placer, de orgasmo, de metafórica carnalidad y se pasan con regusto un bisturí por las venas, toda una suerte de poetas de siempre ven pasar esos jóvenes bólidos como en una recta de la fórmula 1. Entiéndase esa metáfora que, por lo demás, es cierta.

 Llegados a este punto, con tal ciclón en las ventas y tal recategorización del concepto de poesía, podemos afirmar que, por una parte o por otra, no hay sangre para tanta herida. Y me resulta difícil, como ya han hecho la mayoría, situarse a un lado u otro de la carretera, ser simple espectador, detractor o empuñar la bandera del hooligan. Quizá, como señala Manuel Asensi en un espléndido ensayo, Crítica y sabotaje, debemos buscar esos puntos donde la literatura “chirría y hay alguien solitario y vencido que ante ese desacuerdo responde de una manera ácida”. Como lector no sé donde ni cuando terminará esta conspiración adolescente. Pero veo a algunos de los poetas más conspicuos sangrar literalmente: esos que durante años en una era predigital, cuando nada se sabía, amañaron premios y antologías, y se adulaban en oscuras tertulias. Lo siento por otros, a los que me gustaría que les alcanzara ese justo reconocimiento de lectores y de ventas. Y veo, finalmente, a los instagrammers reír, gozar, publicar historias con swipe up, y firmar libros, donde se llora y se sufre, a centenares de adolescentes o postadolescentes. Y no me parece ni bien ni mal. Fluyen rápidamente y se van, al igual que lo hacen en 24 horas las historias de Instagram. De su fracaso o de su éxito, su permanencia o su salida en el reino poético serán responsables al alimón los propios autores, las editoriales que los lanzaron a veces sin pudor ni medida y esos públicos crecederos que parecen poco dados a la permanencia fan por los siglos de los siglos. No me enfurece su éxito ni me apenará su olvido, pero en ningún caso me pueden pedir que derrame por ellos ni sangre ni sudor ni lágrimas y ni mucho menos que esboce un elogioso ditirambo o un fúnebre padrenuestro. Salve, poetas. Sufrid, poetas. 


David Ferrer 2018

El viaje a La Nava

Sobre Jaime Gil de Biedma y La Nava de la Asunción

A veces se hace turismo y a veces se viaja. Lo primero es algo frecuente pero injustamente denostado en nuestro tiempo. El viaje, sin embargo, implica una mayor profundización personal, quizá un acercamiento más intenso a la historia y a las gentes. A partir de aquí, cada turista o cada viajero es un mundo, por lo que nunca es pertinente la generalización. Se puede ser un patán o un erudito independientemente de los lugares, las posibilidades económicas y las motivaciones. Es Enero un mes difícil para estos movimientos. Aún así, en compañía de unos amigos, viaja uno cada año en estas fechas por razones literarias, a un cercano pueblo. Nava de la Asunción, que así se llama, es una localidad segoviana de casi tres mil habitantes cuyo territorio, de pinares, campos agrícolas y viñedos, se extienden dentro en las cercanías de tres provincias. Desde enero de 1990 reposan en su cementerio las cenizas de uno de los poetas más sorprendentes de la historia literaria de este país: Jaime Gil de Biedma. No puede decirse que sea un poeta de los que se citan de pasada en las historias de la literatura y los libros de texto. Podríamos decir, en clara paradoja, que es un poeta vivo, más vivo que nunca. Y si, como todos sabemos, murió físicamente en Barcelona en ese año con un prestigio de poeta culto y refinado, Gil de Biedma ha revivido con inusitada fuerza en la última década. En efecto, a diferencia de otros autores, cuya estrella languidece una vez desaparecidos, las continuas reediciones de Las personas del verbo, de sus textos prosísticos, la pujanza de su biografía, las alusiones, las citas o los estudios muestran un poeta fundamental y vivo. No es difícil incluso ver alguno de sus versos más célebres en agendas o canciones. Gil de Biedma, tan influyente en vida, pero a la vez tan discreto, quizá sonreiría ante su éxito.

Así que, siguiendo un tópico, podemos decir que la lectura es una forma de viajar. ¿Qué supone entonces la visita a un lugar donde se escribieron algunos de los versos más duros y profundos de la literatura en castellano? Viajar, por tanto, será una suerte de relectura fingida y a la vez personal. Y así lo hacemos cada vez que avanzamos en este recorrido de 70 kilómetros desde Ávila hasta Nava de la Asunción, un lugar de gente entrañable, que va convirtiéndose ya en viaje anual de peregrinación. Allí, entre calles solitarias y pinos que resisten los fríos inviernos, permanecen no sólo las cenizas sino el espíritu del poeta aportando una calidez impensable para estos días de Enero, “amor por los inviernos mesetarios”, llegó a escribir. El esfuerzo del actual alcalde de la localidad, Juan José Maroto, así como el interés de sus vecinos, ha sabido mantener la presencia de un poeta sorprendente, alguien que por sus vivencias entre Barcelona, y Manila, con intermitentes estancias en este pueblo castellano, podría ser ajeno y anecdótico. Y, sin embargo, “este pequeño rincón en el mapa de España”, al que el propio Jaime Gil de Biedma llamó su “reino”. Son días duros, lo sabemos. La nieve nos ha dejado sin ganas de movimiento pero, desde la modestia lectora, permítanme que les recomiende que lean a Gil de Biedma. Y acérquense a su Nava, para completar la lectura.

David Ferrer 2018

Eurídice entre piedras y epigramas

Un recuerdo de José Jiménez Lozano

Para un buen lector de poesía, muchas veces resulta superficial e innecesaria la vinculación de un poeta con su entorno geográfico. El poeta es hombre de libros y habita en un espacio no físico sino más bien textual. Sus compatriotas son otros poetas, sus límites vienen marcados por la cercanía de otros versos ajenos pero que hace propios en reinterpretaciones e íntimas lecturas. Por ello, cuando se compara a dos escritores de la misma región o localidad se corre el riesgo de ofrecer una interpretación sesgada basada en la mera anécdota. Este hecho, cierto en la mayoría de los casos, no es aplicable en su totalidad cuando hablamos de dos poetas imprescindibles pero de cuidada y escondida obra: José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930) y Jacinto Herrero Esteban (también de Langa, nacido en 1931). La vinculación común con la localidad natal no debe ocultar una verdadera e importante relación que se sitúa en el terreno de lo estrictamente poético.


La obra poética de estos dos autores tiene, a pesar de su complementariedad y sus complicidades e influencias mutuas, un recorrido exterior diferente. José Jiménez Lozano es autor de una obra ensayística y narrativa amplia y fecunda por la que ha recibido, entre otros el Premio de la Crítica, el Premio Castilla y León de las Letras o, más recientemente, el Premio Cervantes. Su extraordinaria fuerza narrativa, así como una modesta auto-exclusión del género lírico, ha hecho quizá que su obra poética sea menos conocida pero no por ello de menor intensidad. A lo largo de tres libros, además de otras pequeñas recopilaciones como la aparecida recientemente en Pre-textos con el título de Elegías menores, José Jiménez Lozano conversa con en sus poemas con Homero, Shakespeare, Emily Dickinson, Dante, San Juan de la Cruz o Simone Weil, ya desde la influencia lectora como desde la recreación de la vida de estos personajes en el propio verso. Pero Jiménez Lozano no es un poeta que necesite de una gran cantidad de versos, y podría decirse incluso que se siente más a gusto en las distancias cortas: son esos poemas, como los que se ofrecen a lo largo del libro El tiempo de Eurídice, en los que su atención se centra en detalles pequeños como una estela romana, el equilibrado vuelo de un pájaro o una pequeña ruina cotidiana, pero que, como en la mejor tradición poética, sirven para expresar de una manera más exacta todas aquellas preguntas que quizá no encuentran una respuesta: “mira en lo que paran los adobes / al cabo de los años: / hechos con barro y paja como el hombre. / Sólo le sobreviven levemente”.


De estas influencias, juegos e ironías con el tiempo, y de semejantes homenajes literarios, fruto no de una erudición petulante sino de un íntimo recorrido como lector, participa también Jacinto Herrero. Los pájaros son motivo recurrente en toda su obra y este motivo titula alguno de sus poemarios como Solejar de las aves o el imprescindible libro La golondrina en el cabrio. Hay, además de esta relación literaria, un hecho que lo empareja con Jiménez Lozano: si éste es un poeta casi secreto, oculto tal vez de manera intencionada entre su obra narrativa, el abulense Jacinto Herrero es un poeta al que no se ha hecho debida justicia ni siquiera en su tierra. Su obra, no cerrada, pues sigue escribiendo con paciencia artesana, merece mejores ediciones que proporcionen a los lectores españoles de poesía una correcta accesibilidad. Mucho ha tenido que ver en este sentido la racanería de unas instituciones locales más preocupadas por otros nombres de menor valía, sin comprender que un corpus poético como el de Jacinto Herrero forma parte también de esa historia y ese patrimonio cultural que con tanto énfasis venden nuestros políticos. La edición de poesía es, dado el carácter minoritario del género, un bien que debe protegerse con atenciones especiales. De ahí que un autor de la talla de Jacinto Herrero necesite no de vacíos homenajes con placa (reducidos al final a un ámbito provinciano) sino de una cuidada obra completa en alguna de las colecciones poéticas de alcance nacional. 


Jacinto Herrero y Jiménez Lozano son, como decíamos al comienzo, originarios de una misma localidad. Pero esto no debe influirnos para apreciar la intensa relación no pretendida que se aprecia en sus obras. Hay en ambos una melancolía, tan propia de los espíritus libres y de los letraheridos. La tentación de Orfeo y la pérdida de Eurídice, pues la mirada crítica hacia el pasado se nos presenta con maestría en estos dos autores que buscan la vida tras la piedra, tanto desde un tono elegíaco como en la ironía del epigramático, o como dice Jacinto Herrero en su impresionante poema titulado “Elogio de Ávila en el Quijote Apócrifo”: “Y yo no he sido loco o santo, dos maneras / de perdurar. Me pesa. Pero estos muros de Ávila, / oh estos muros indemnes, sé que vais a vivir, / ocres murallas, templos de amarillo románico. / callejas de la vida, no de la muerte, nunca / de la muerte (…)”. Y es aquí, en esta reflexión eterna sobre la permanencia de lo humano sobre lo material o viceversa donde ambas obras confluyen, como en el breve poema de Jiménez Lozano que se citaba antes. El arte es el perfecto contrapunto con el que sobrellevar la fugacidad de la existencia, y así lo expresa de nuevo Lozano en el precioso poema titulado Santo Tomás de Ávila, entre esa ceniza y alabastro evocadores de la desdichada historia del príncipe don Juan: “Murió de amor y destruido / en la ceniza yace, amargo / polvo e insignificancia”.


Ávila está marcada por la presencia masiva en calles, monumentos y en todo tipo de objetos, incluso gastronómicos, de dos de los escritores supremos del siglo XVI, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. En este año en el que Ávila alberga un acontecimiento turístico como Las edades del hombre, no resultaría mal ejercicio reinventarse la ciudad a la luz de los textos y no las meras anécdotas y leyendas. La fuerza que procede de los dos célebres místicos, sin entrar por supuesto en comparaciones absurdas de un siglo a otro, no debe oscurecer sin embargo este callado trabajo con la palabra realizado por otros dos poetas esenciales de la literatura contemporánea. 

David Ferrer 2004


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