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YO OS AMO:
La muerte nos convoca a un baile. La poesía de Vicente Aleixandre tantos años después.

La obra de Vicente Aleixandre (1898-1984), a la vez unitaria y compleja, ha pasado, vista la situación tantos años después de su muerte, por variados niveles de lectura y apreciación, de manera que se hace hoy ya necesaria una reflexión sobre el estado de tal cuestión. No se trata de indagar en los dudosos parámetros de la popularidad de un poeta, que lo fue y mucho, sino especialmente en el grado de penetración de su obra en la poesía posterior. Así las cosas, son numerosos los testimonios de quienes sintieron al poeta como un maestro, ya desde una correspondencia numerosa (como la que mantuvo con Juan Guerrero Ruiz o con Jorge Guillén, por poner sólo dos ejemplos), ya desde la apertura generosa de aquella casa, hoy en ruinas, de Velintonia 3. (Una generosidad excesiva a veces, según afirman algunos testigos, con respecto a mucho poeta advenedizo). Es cierto que por allí pasaron y posaron a menudo sus coétaneos, los que quedaron en España tras la Guerra, como también lo es que su jardín y su casa jamás estuvieron cerrados para generaciones más jóvenes. Recuerda Antonio Colinas cómo el hogar de Aleixandre fue un centro de literatura viva durante varias décadas. Y son esas generaciones, las que escribieron sus primeros textos en los años de la concesión del Premio Nobel de Literatura al poeta en 1977, quienes más han luchado por mantener el legado y la esencia poética del autor. No hay, en efecto, libro de aquella época que no albergue dedicatoria a Aleixandre o que no comience a modo de cita con uno de sus versos. Y así, junto al mencionado Colinas, leemos los testimonios y elogios de Brines, de Valente, de Carlos Bousoño, o de los entonces jóvenes como Pere Gimferrer, Molina Foix, Guillermo Carnero, Luis Antonio de Villena, Luis Alberto de Cuenca, Alejandro Duque Amusco, Javier Lostalé o tantos otros.

Sin embargo, y pese a iniciativas diversas  o manifiestos ocasionales en defensa de la casa del poeta, puede decirse que pasados unos años de su muerte, un cierto velo de oscuridad ha caído sobre la obra del poeta sevillano. La sempiterna balanza, al alza o a la baja, de los amigos Federico García Lorca o Luis Cernuda frente al propio Aleixandre puede entenderse quizá como uno de esos factores. También lo es, desde luego, el enorme peso biográfico y testimonial aportado por sus epígonos y admiradores inmediatos. De hecho, cuanto más hemos sabido de su vida en estos años, de sus recepciones, de su carácter delicado y su constitución física tan débil más se alejaba paradójicamente el interés por su obra entre las generaciones poéticas o lectoras de finales de los ochenta y los noventa. Y, por último, y vinculado al factor anterior, no podemos olvidar un inevitable hermetismo y dificultad en una obra poética intensa, al calor de las vanguardias o de la revitalización romántica. Fueron otros los derroteros (más a la sombra de Cernuda o de Gil de Biedma) por donde transcurrió la poética de la última década del siglo.

Pero lejos de protagonismos y contraposiciones, de los aburridos encasillamientos, lejos también de la veneración e idolatría por el poeta, el acercamiento a la obra de Vicente Aleixandre supone ya desde Ámbito (1924-1927, publicado en Málaga en 1928) un intensísimo y sugerente diálogo por el que transitan temáticas eternas y recurrentes para la poesía: la muerte, la indagación poética y vital, el pasar del tiempo, la dificultad amorosa, el envejecimiento... Más si nos acercamos a los libros mayores, aquellos escritos en pleno apogeo surrealista y que, pese a su dificultad o a veces su dureza, dejan siempre en la memoria un puñado de versos irrepetibles, de metáforas, de imágenes de verdadero impacto. Siempre me pareció que la poesía de Aleixandre tiene algo de esquivo o juguetón, no ya sólo por el uso del lenguaje, tan sumativo y a la vez tan envolvente, sino también por la realidad a la que se enfrenta el autor, dura e inasible. Destacaría en este sentido esos tres libros mayores, a los que cualquier poeta principiante debe acercarse primero sin miedo, con espíritu irónico y, en segundo lugar, gracias a su ritmo y su sonido, con la voz muy clara, saboreándolos en alto: Espadas como labios (1932), Pasión de la tierra (1935) y el impresionante título de La destrucción o el amor (1935).

Nadie mejor que Aleixandre ha retomado el tópico de la danza de la muerte, desligándolo de cualquier matiz culturalista e integrándolo en su presente, como ocurre en el poema El vals de Espadas como labios: “Es el instante el momento de decir la palabra que estalla / el momento en que los vestidos se convertirán en aves / las ventanas en gritos / las luces en socorro / y ese beso que estaba (en el rincón) entre dos bocas / se convertirá en una espina / que dispensará la muerte diciendo: / Yo os amo”. Y todos nosotros, los convocados a ese baile frenético de lenguaje, imágenes, comparaciones y metáforas, nos paramos abrumados por una expresión de amor tan engañosa como letal. Yo os amo.

Esta recreación, irónica, obsesiva y creativa, se mantendrá en buena parte de los siguientes libros de Aleixandre, lo que prueba, como dije antes, al margen del peso específico actual de su obra y de su popularidad, el secreto de su integridad como conjunto, de su unidad. En forma de búsqueda o pregunta (“dime el secreto de tu corazón virgen”, le pide a una muchacha muerta), autor y lector permanecen siempre en estado de vigilia o de duda, de cruce indescrifrable de caminos. El amor que se asemeja a a la muerte o viceversa, que es a la vez creación o destrucción es, como bien han estudiado Gabriele Morelli o José Olivio Jiménez, una de las dicotomías más logradas del poeta, pues da título incluso a un libro: La destrucción o el amor, donde la conjunción pierde su valor alternativo (uno en lugar del otro) para igualar semánticamente ambos conceptos. Aleixandre construye en la fuerza de la muerte, en ese silencio total, un frondoso arbolado conceptual que va llenándose, en un vaivén existencial, de antítesis o de contradicciones con sentido, escogidas aquí al azar de los libros mencionados: “No, no clames por esa dicha presurosa”, “No, ¡basta! Basta siempre”, “Dime, dime”, “No me esperéis mañana”, “No te acerques”, “Calla, calla”.

Después de una serie de libros menores, aunque con significativos hallazgos en la exploración de una faceta neorromántica, como unos interesantes Sombra del paraíso (1944) o Historia del corazón (1954), son, sin embargo, los libros postreros los que contribuyen a cerrar este ciclo cósmico de indagación, de juego, de conocimiento. En 1968, un Aleixandre ya anciano, en la salud y en la movilidad, publica Poemas de la consumación. Y en 1974 sus Diálogos del conocimiento. Se ha depurado aquí ya la imaginería surrealista y el sutil juego del lenguaje. Se habla, el autor lo sabe, de asuntos ya mucho más serios. La muerte ya no ama, ni baila. La muerte nos rodea y amenaza. Cosmovisión lo define en varios estudios Bousoño. La vida se compone ahora ya de palabras dichas o a veces calladas, de amores no consumados y, sobre todo, de temores futuros. Y aunque los temas son, como vemos, los mismos que al comienzo, ha cambiado mucho el tono, gracias a esa mayor contención lingüística: “Amar no es lumbre, pero su memoria. / Su imaginada lumbre resplandece. / Las movedizas sombras que consume / - delgadas, leves, cual papel ardido - / esa mente voraz que ya no ha visto. / El pensamiento solo no es visible / Quien ve conoce, quien ha muerto duerme. / Quien pudo ser no fue. Nadie le ha amado. / Hombre que enteramente desdecido, nunca / fuiste creído; ni creado; / ni conocido. / Quien puedo amar no amó. Quien fue, no ha sido”.

Vicente Aleixandre es y ha sido. Abrió a muchos poetas y lectores la puerta de su casa. Y los despidió amablemente moviendo esa mano delicada y suave, tantas veces reproducida en libros y revistas. Para quienes no conocimos personalmente al poeta nos importa, como debe ocurrir siempre, ahora mismo mucho más su obra (el es frente al ha sido). Este número homenaje de El Cobaya debe entenderse, por tanto, según los casos, como una invitación, como un reencuentro o quién sabe si, al igual que en el vals de Espadas como labios, asistimos nosotros lectores a un baile poético. Esperemos que esta vez lo sea para siempre así, sin muerte, sin ruinas, ni olvidos.

David Ferrer
2009
 

EURÍDICE ENTRE PIEDRAS Y EPIGRAMAS

Para un buen lector de poesía, muchas veces resulta superficial e innecesaria la vinculación de un poeta con su entorno geográfico. El poeta es hombre de libros y habita en un espacio no físico sino más bien textual. Sus compatriotas son otros poetas, sus límites vienen marcados por la cercanía de otros versos ajenos pero que hace propios en reinterpretaciones e íntimas lecturas. Por ello, cuando se compara a dos escritores de la misma región o localidad se corre el riesgo de ofrecer una interpretación sesgada basada en la mera anécdota. Este hecho, cierto en la mayoría de los casos, no es aplicable en su totalidad cuando hablamos de dos poetas imprescindibles pero de cuidada y escondida obra: José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930) y Jacinto Herrero Esteban (también de Langa, nacido en 1931). La vinculación común con la localidad natal no debe ocultar una verdadera e importante relación que se sitúa en el terreno de lo estrictamente poético.

La obra poética de estos dos autores tiene, a pesar de su complementariedad y sus complicidades e influencias mutuas, un recorrido exterior diferente. José Jiménez Lozano es autor de una obra ensayística y narrativa amplia y fecunda por la que ha recibido, entre otros el Premio de la Crítica, el Premio Castilla y León de las Letras o, más recientemente, el Premio Cervantes. Su extraordinaria fuerza narrativa, así como una modesta auto-exclusión del género lírico, ha hecho quizá que su obra poética sea menos conocida pero no por ello de menor intensidad. A lo largo de tres libros, además de otras pequeñas recopilaciones como la aparecida recientemente en Pre-textos con el título de Elegías menores, José Jiménez Lozano conversa con en sus poemas con Homero, Shakespeare, Emily Dickinson, Dante, San Juan de la Cruz o Simone Weil, ya desde la influencia lectora como desde la recreación de la vida de estos personajes en el propio verso. Pero Jiménez Lozano no es un poeta que necesite de una gran cantidad de versos, y podría decirse incluso que se siente más a gusto en las distancias cortas: son esos poemas, como los que se ofrecen a lo largo del libro El tiempo de Eurídice, en los que su atención se centra en detalles pequeños como una estela romana, el equilibrado vuelo de un pájaro o una pequeña ruina cotidiana, pero que, como en la mejor tradición poética, sirven para expresar de una manera más exacta todas aquellas preguntas que quizá no encuentran una respuesta: “mira en lo que paran los adobes / al cabo de los años: / hechos con barro y paja como el hombre. / Sólo le sobreviven levemente”.

De estas influencias, juegos e ironías con el tiempo, y de semejantes homenajes literarios, fruto no de una erudición petulante sino de un íntimo recorrido como lector, participa también Jacinto Herrero. Los pájaros son motivo recurrente en toda su obra y este motivo titula alguno de sus poemarios como Solejar de las aves o el imprescindible libro La golondrina en el cabrio. Hay, además de esta relación literaria, un hecho que lo empareja con Jiménez Lozano: si éste es un poeta casi secreto, oculto tal vez de manera intencionada entre su obra narrativa, el abulense Jacinto Herrero es un poeta al que no se ha hecho debida justicia ni siquiera en su tierra. Su obra, no cerrada, pues sigue escribiendo con paciencia artesana, merece mejores ediciones que proporcionen a los lectores españoles de poesía una correcta accesibilidad. Mucho ha tenido que ver en este sentido la racanería de unas instituciones locales más preocupadas por otros nombres de menor valía, sin comprender que un corpus poético como el de Jacinto Herrero forma parte también de esa historia y ese patrimonio cultural que con tanto énfasis venden nuestros políticos. La edición de poesía es, dado el carácter minoritario del género, un bien que debe protegerse con atenciones especiales. De ahí que un autor de la talla de Jacinto Herrero necesite no de vacíos homenajes con placa (reducidos al final a un ámbito provinciano) sino de una cuidada obra completa en alguna de las colecciones poéticas de alcance nacional. 

Jacinto Herrero y Jiménez Lozano son, como decíamos al comienzo, originarios de una misma localidad. Pero esto no debe influirnos para apreciar la intensa relación no pretendida que se aprecia en sus obras. Hay en ambos una melancolía, tan propia de los espíritus libres y de los letraheridos. La tentación de Orfeo y la pérdida de Eurídice, pues la mirada crítica hacia el pasado se nos presenta con maestría en estos dos autores que buscan la vida tras la piedra, tanto desde un tono elegíaco como en la ironía del epigramático, o como dice Jacinto Herrero en su impresionante poema titulado “Elogio de Ávila en el Quijote Apócrifo”: “Y yo no he sido loco o santo, dos maneras / de perdurar. Me pesa. Pero estos muros de Ávila, / oh estos muros indemnes, sé que vais a vivir, / ocres murallas, templos de amarillo románico. / callejas de la vida, no de la muerte, nunca / de la muerte (…)”. Y es aquí, en esta reflexión eterna sobre la permanencia de lo humano sobre lo material o viceversa donde ambas obras confluyen, como en el breve poema de Jiménez Lozano que se citaba antes. El arte es el perfecto contrapunto con el que sobrellevar la fugacidad de la existencia, y así lo expresa de nuevo Lozano en el precioso poema titulado Santo Tomás de Ávila, entre esa ceniza y alabastro evocadores de la desdichada historia del príncipe don Juan: “Murió de amor y destruido / en la ceniza yace, amargo / polvo e insignificancia”.

Ávila está marcada por la presencia masiva en calles, monumentos y en todo tipo de objetos, incluso gastronómicos, de dos de los escritores supremos del siglo XVI, Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. En este año en el que Ávila alberga un acontecimiento turístico como Las edades del hombre, no resultaría mal ejercicio reinventarse la ciudad a la luz de los textos y no las meras anécdotas y leyendas. La fuerza que procede de los dos célebres místicos, sin entrar por supuesto en comparaciones absurdas de un siglo a otro, no debe oscurecer sin embargo este callado trabajo con la palabra realizado por otros dos poetas esenciales de la literatura contemporánea. 

David Ferrer, 2005


Nota de 2022: este texto se publicó cuando ambos autores estaban vivos y seguían publicando. No he querido modificar el presente por el pasado. Aunque los escritores ya no vivan, su obra está muy presente.

David Ferrer

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